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domingo, 5 de junio de 2016

Hannah Arendt: Sobre la política y la verdad - Vita Activa


Muy buen fragmento de Hannah Arendt sobre los conflictos entre política y verdad. Obviamente es interesante poner en duda, cuestionar, interrogarse sobre la categoría "verdad" y las formas de acceso a la misma. 

Al menos, hay que considerar en qué contexto histórico y político Arendt utiliza su concepto de "Verdad". Puntualmente, porqué la considera una virtud más relevante que la "Justicia" o la "Libertad". Un diálogo entre Wittgenstein y Arendt hubiese sido más que fructífero e interesante. Transcribimos. Salud!

discursos de grandeza, política de miniatura - Berlín 2014

Historia del conflicto

Hannah Arendt

Nadie ha dudado jamás que la verdad y la política nunca se llevaron demasiado bien, y nadie, por lo que yo sé, puso nunca la veracidad entre las virtudes políticas. Siempre se vio a la mentira como una herramienta necesaria y justificable no sólo para la actividad de los políticos y los demagogos sino también para la del hombre de Estado. ¿Por qué? ¿Qué significa esto para la naturaleza y la dignidad del campo político, por una parte, y para la naturaleza y la dignidad de la verdad y de la veracidad, por otra? ¿Está en la esencia misma de la verdad ser impotente, y en la esencia misma del poder ser falaz? ¿Y qué clase de poder tiene la verdad, si es impotente en el campo público, que más que ninguna otra esfera de la vida humana garantiza la realidad de la existencia a un ser humano que nace y muere, es decir, a seres que se saben surgidos del no-ser y que al cabo de un breve lapso desaparecerán en él otra vez? Por último, ¿la verdad impotente no es tan desdeñable como el poder que no presta atención a la verdad? Estas preguntas son incómodas pero nacen, por fuerza, de nuestras actuales convicciones en este tema.

Lo que otorga a este lugar común su muy alta verosimilitud todavía se puede resumir con el antiguo adagio latino Fiat iustitia, et pereat mundus. “Que se haga justicia y desaparezca el mundo”. Aparte de su probable creador (Fernando I, sucesor de Carlos V), que lo profirió en el siglo XVI, nadie lo ha usado sino como una pregunta retórica: ¿se debe hacer justicia cuando está en juego la supervivencia del mundo? El único gran pensador que se atrevió a abordar el meollo del tema fue Immanuel Kant, quien osadamente explicó que ese “dicho proverbial... significa, en palabras llanas: ‘la justicia debe prevalecer, aunque todos los pícaros del mundo deban morir en consecuencia’.”

Ya que los hombres no pueden tolerar la vida en un mundo privado por completo de justicia, ese “derecho humano se ha de considerar sagrado, sin tomar en cuenta los sacrificios que ello exija de las autoridades establecidas... sin tomar en cuenta sus posibles consecuencias físicas”. ¿Pero no es absurda esa respuesta? (...) ¿No es evidente que si el mundo –único espacio en el que pueden manifestarse– está en peligro, se convierten en simples quimeras? ¿Acaso no estaban en lo cierto en el siglo XVII cuando, casi con unanimidad, declaraban que toda comunidad estaba obligada a reconocer, según las palabras de Spinoza, que no había “ninguna ley más alta que la seguridad de [su] propio ámbito”?

Sin duda, cualquier principio trascendente a la mera existencia se puede poner en lugar de la justicia, y si ponemos a la verdad en ese sitio –Fiat veritas, et pereat mundus–, el antiguo adagio suena más razonable. Si entendemos la acción política en términos de una categoría medios-fin, incluso podemos llegar a la conclusión sólo en apariencia paradójica de que la mentira puede servir a fin de establecer o proteger las condiciones para la búsqueda de la verdad, como señaló hace tiempo Hobbes, cuya lógica incansable nunca fracasa cuando debe llevar sus argumentos hasta extremos en los que su carácter absurdo se vuelve obvio.

Y las mentiras, que a menudo sustituyen a medios más violentos, bien pueden merecer la consideración de herramientas relativamente inocuas en el arsenal de la acción política.

Si se reconsidera el antiguo dicho latino, resulta un tanto sorprendente que el sacrificio de la verdad en aras de la supervivencia del mundo se considere más fútil que el sacrificio de cualquier otro principio o virtud. Mientras podemos negarnos incluso a plantear la pregunta de si la vida sería digna de ser vivida en un mundo privado de ideas como justicia y libertad, curiosamente no es posible hacer lo mismo con respecto a la idea de verdad, al parecer mucho menos política. Está en juego la supervivencia, la perseverancia en la existencia (in suo esse perseverare), y ningún mundo humano destinado a superar el breve lapso de la vida de sus mortales habitantes podrá sobrevivir jamás si los hombres se niegan a hacer lo que Heródoto fue el primero en asumir conscientemente: decir lo que existe. Ninguna permanencia, ninguna perseverancia en el existir, puede concebirse siquiera sin hombres deseosos de dar testimonio de lo que existe y se les muestra por qué existe.

La historia del conflicto entre la verdad y la política es antigua y compleja, y nada se ganará con una simplificación o una denuncia moral. A lo largo de la historia, los que buscan y dicen la verdad fueron conscientes de los riesgos de su tarea; en la medida en que no interferían en el curso del mundo, se veían cubiertos por el ridículo, pero corría peligro de muerte el que forzaba a sus conciudadanos a tomarlo en serio cuando intentaba liberarlos de la falsedad y la ilusión, porque, como dice Platón en la última frase de su alegoría de la caverna, “¿no lo matarían, si pudieran tenerlo en sus manos...?”. El conflicto platónico entre el que dice la verdad y los ciudadanos no se puede explicar con el adagio latino ni con ninguna de las teorías posteriores que, implícita o explícitamente, justifican la mentira y otras transgresiones si la supervivencia de la ciudad está en juego.

En el relato de Platón no se menciona ningún enemigo; la mayoría vivía pacíficamente en su cueva, en mutua compañía, como meros espectadores de imágenes, sin entrar en acción y por consiguiente sin ninguna amenaza. Los miembros de esa comunidad no tenían motivos para considerar que la verdad y quienes la decían eran sus peores enemigos, y Platón no explica el amor perverso que sentían por la impostura y la falsedad. Si pudiéramos enfrentarlo con alguno de sus posteriores cofrades en el campo de la filosofía política –con Hobbes, que sostenía que sólo “tal verdad, no oponiéndose a ningún beneficio ni placer humano, es bienvenida por todos los hombres”, una afirmación obvia que, no obstante, le pareció de la suficiente importancia como para terminar con ella su Leviatán–, podría estar de acuerdo acerca del beneficio y del placer, pero no con la afirmación de que no existía ninguna clase de verdad bienvenida por todos los hombres.

Hannah Arendt en Filósofa política alemana. Fragmento del libro Entre el pasado y el futuro, editorial Ariel en Perfil.


De paso, adjuntamos el trailer (es lo único que hay) del documental de Ada Ushpiz que está por venir con algunos pasajes de Judith Butler y Hans Jonas, entre otros. El título es The Spirit of Hannah Arendt y acaba de estrenar. Más info, acá. Salud!

martes, 24 de marzo de 2015

Cultura democrática y relatos del pasado reciente: 24 de Marzo Memoria, Verdad y Justicia


justicia, verdad y memoria, en la calle los ejemplos encontrarás - Baires 2010
Escribí estas líneas hace cuatro/cinco años ya, en P12 acá, cuando cobró particular intensidad lo que era una clásica lucha interna por las ocupaciones de espacios en la Marcha por la Memoria, Verdad y Justicia del 24 de Marzo y aplicable en otros espacios políticos, sociales, institucionales, etc. Quizás ayude a entender y deluir lo nocivo de ciertas prácticas y discusiones que previsiblemente vamos a escuchar y tener por estos días. Hay muchas cosas que escribiría de otra forma, marcando contradicciones positivas, tensiones tal vez irresolubles, mamarrachos imperdonables, pero lo dejamos para otro día o para otra vía. Salud y -por supuesto- Nunca Más!!

Cultura democrática y relatos del pasado reciente

La marcha de cada 24 de marzo es, por excelencia, un espacio cultural inclusivo con extraordinaria presencia en la sociedad y con gran importancia para la democracia. Fuerte pero pacífico, multipartidario e inclusivo, pluriclasista y diverso, está generado por una práctica social única, sin igual en la experiencia comparada de posdictaduras e imposible de reproducir deliberadamente. En efecto, la marcha se construyó como espacio con una acción social sostenida por más de tres décadas. En ella se encuentran desde las pioneras agrupaciones de derechos humanos, los operadores judiciales de los reclamos de justicia y verdad junto a movimientos sociales más radicalizados, diversas agrupaciones políticas y sindicales. Ese espacio permite varias prácticas superpuestas, nunca contradictorias: la defensa de la democracia, la construcción de la memoria, los reclamos por la expansión y efectividad de derechos relegados, la presencia de movimientos sociales diversos circunstancialmente convergentes en pedidos de justicia social e histórica, todos reclamando por una mejor democracia a través de la acción de ganar las calles y aglutinarse en la Plaza de Mayo, símbolo geopolítico de la historia social argentina.

La marcha es, también, un espacio de debate, de construcción dialógica, entrecruzada, de la memoria y de la democracia. La movilización social, tanto de la sociedad autoconvocada, de actores sociales y de amplios movimientos sociales y políticos, conforma una herramienta, de las más efectivas y duraderas, para construir memoria, defender culturalmente la democracia y fortalecer el compromiso social por los derechos humanos. A la vez que un espacio de debate democrático en donde los relatos se mantienen en circulación y en pugna, ese espacio critica a la democracia a través del ejercicio de una práctica democrática que, en lugar de debilitarla, la refuerza; le exige más y mejor democracia a la democracia existente y así la fortalece como principio. El amplísimo y complejo espectro del movimiento de derechos humanos, con todas sus diferencias internas y externas, legitima la práctica social de la memoria, demuestra un consenso mínimo pero fundamental y aun así puede expresar sus matices y bemoles. A más inclusiva sea como acción cultural, más legítima y más arraigada será su presencia en la opinión pública y generará mayor conciencia colectiva. Justamente, ése puede ser uno de sus desafíos.

Por eso mismo, llama la atención que partidos y sectores emblemáticos de la democracia institucional, más allá de sus diferencias coyunturales, no se hagan presentes con mayor determinación en un evento cultural como la marcha de la memoria. Los reclamos de justicia no son (o nunca deberían ser o parecer) una bandera excluyente sino incluyente. Lo más incluyente posible. Política y legalmente, los derechos humanos son un compromiso constitucional de todos los partidos y de toda la sociedad. Si bien la presencia de ciertos sectores podría generar una fricción, con esperables chispas, al menos cabe pensar que las nuevas generaciones de los viejos y nuevos partidos (como la UCR, el ARI, la Coalición Cívica y el PRO) podrían estar presentes enfrentando esos roces e instalando desde la base un nuevo compromiso dentro de su estructura y presionando a sus líderes partidarios, posiblemente renuentes. Esta ausencia en un acto cultural por la memoria y por los derechos humanos empobrece al sistema político y pone en duda un compromiso que, al menos históricamente, los partidos políticos tuvieron con la construcción política de derechos –políticos o laborales, por ejemplo– a través de la movilización social y el cambio cultural.

Como herramienta social, como forma de construir y proteger derechos, difundir relatos y reclamos, debe ser separada de los usos instrumentales y circunstanciados que en cualquier momento un sector intente darle. Un acto de la magnitud y de la pluralidad de la marcha de los 24 de marzo no puede ser materialmente usado, conducido, para el exclusivo beneficio de nadie. Pueden intentarlo, pueden hacerse presentes pujas por la cámara, se puede ganar un micrófono, pero no la movilización, ni siquiera a las mayorías. La movilización, la gente que voluntariamente gana la calle, sabe, presencia y disiente, observa y piensa sobre lo que vive. Se puede intentar capitalizar este guiño o aquél, pero al acto se concurre con disenso y consenso simultáneamente. Con el disenso democrático (incluso, de los más radicalizados) de un concurrente arquetípico usualmente exigente con el estado de cosas en el País pero con un consenso unánime – demostrado por el acto de presencia– en la práctica de construir memoria, proteger la democracia y los derechos humanos, reclamar justicia e identificar el mal absoluto del terrorismo de Estado, criticar las versiones modernas de banalidad del mal y reforzar los consensos sociales contra las injusticias de ayer y hoy. 

Aquellos que confían principalmente en la vía judicial para reclamar justicia y construir memoria colectiva usualmente sobreestiman las capacidades -y en muchos lamentables casos, los compromisos- de los jueces para lidiar con el pasado, la verdad histórica y las violaciones sistemáticas de derechos humanos, pero quizá también subestimen la capacidad de la acción cultural y de la educación popular –tanto formal e informal– a través de las prácticas sociales constitutivas de una nueva conciencia moral sobre el pasado, para generar genuinos aprendizajes y herramientas colectivas para transformar el presente y proyectar el futuro. 

 * Profesor de Derecho Constitucional (UBA-Conicet).

miércoles, 6 de agosto de 2014

Memoria, verdad y justicia como práctica social


Alegres por la buena nueva sobre el nieto recuperado, el #Nieto114, republicamos esta nota del 2011 que saliera en la Revista Cítrica, acá. La escribimos producto de la sentencia del caso ESMA y parece oportuna refrescarla en este contexto de festejos y logros. Sin duda, el gran aporte de las Abuelas de Plaza de Mayo, como de gran parte del movimiento de DDHH (Madres Línea Fundadora, Madres, en un extensísimo etcétera), con todas sus tensiones y varias contradicciones, fue fundamental en los aspectos culturales, en la conciencia social de los derechos, de la memoria, verdad y justicia. Alegría y a seguir...

Además, en la nota, adelantábamos un poco el título kafkiano del blog. Otra vez, salud!!


memoria verdad y justicia como práctica intergeneracional - Buenos Aires 2010
ESMA: Memoria, verdad y justicia como práctica social

Ante la ley. "Ante la ley hay un guardián...", empieza un breve cuento de Kafka. En ese cuento, un campesino intenta sin resultados acceder a La Ley, representada como algo inaccesible, oscuro, misterioso, con muchos intermediarios -guardianes- que obstaculizan el acceso. Esa, podríamos decir, es una concepción social del Poder Judicial, de la siempre mentada "Justicia" -como aspiración- y de los derechos. Espacios distantes, meros idealismos, cosas extrañas, donde sólo dominan los abogados, los jueces y demás especímenes tribunalicios, gobiernan los profesionales de las leyes, con sus corbatas, trajes, formalidades, opacidad, lenguaje singular, totalmente ajeno a la sociedad. 

Otra imagen, otro relato y otra práctica social es la que construyó el movimiento de derechos humanos, especialmente en el caso ESMA.

Detrás de la ley. El miércoles pasado, hace precisamente una semana, se sintetizó un proceso histórico, complejo, simbólico y sin par. El Juicio contra los represores de la ESMA, uno de los más terribles centros de detención de la última dictadura militar, concluyó con condenas a prisión perpetua a sus emblemáticos represores, los criminales que participaron en secuestros, torturas y desapariciones. Ayer la ESMA fue el corazón del terrorismo de Estado, hoy es un espacio de la memoria, con tensiones y diálogo.

La sentencia fue esperada por años, construida por décadas, elaborada por diferentes sectores y grupos activistas de derechos humanos. El juicio duró casi dos años. Después de más de dos horas de espera, el veredicto se comenzó a leer. Los jueces, tarde, otra vez, como siempre. La voz que leía el fallo era la del Juez Obligado, todo una metáfora. Las personas que deberían haber leído el veredicto -con sus irrelevantes artículos y frías formalidades- estaban en la calles de Comodoro Py. Por eso, la única Justicia será la que la sociedad expanda en su práctica y memoria, la repetida batalla cultural está ahí, en cada práctica social. Metáfora que aplica a tantos otros problemas de la Argentina. La decisión de la "Justicia" que lee el Juez se construye en las calles o plazas, en el espacio público, en la militancia cotidiana, a través de un proceso político y cultural de búsqueda de la verdad y disputa por el sentido. 

Así, los derechos que se establecen en una ley de matrimonio igualitario o en la despenalización del aborto, como en los derechos laborales, no fueron "sancionados" por procesos legales puros sino "conquistados" por la tan mentada política. Su protección también está en la acción colectiva. En ese contexto, en democracia, la política podría ser vista como la herramienta por excelencia de transformación social, y en este caso puntual como condición posibilitadora de los juicios y como ejercicio social de (reconstrucción de la) memoria colectiva. Y esa herramienta usada para denunciar la tortura y muerte en la dictadura, debería ser la vía para luchar por las muertes y las torturas -en cárceles y comisarías de la Provincia de Buenos Aires, por ejemplo- en la democracia del hoy. Los dos procesos deberían ser inseparables. 

 Cuando terminó la lectura del veredicto, los jueces huyeron -literalmente- del estrado. Afuera, los grupos festejan, discuten, polemizan, piden más, prometen más. Los "festejos" tienen sentimientos encontrados, la alegría un límite, los recuerdos de quiénes no están hacen que todo sea más difícil, incluso expresar en palabras los sentimientos, sus caras y contracaras. El pueblo no olvida ni perdona. Ese es ejercicio de memoria realizado.

En ese momento, es cuando pensamos: La memoria pasa por diferenciar la Justicia y el fallo. La Justicia es la lucha política por la memoria y la verdad de un pueblo. El fallo es -sólo- un momento importante de ese proceso. Lo central, lo que le da toda la fuerza al "momento fallo" es todo el proceso histórico llevado adelante por actores sociales y operadores de las comunidades que militaron el juicio: el plural y complejo movimiento de derechos humanos. En el caso ESMA específicamente, los esfuerzos se deben a los sobrevivientes y familiares de víctimas de los diversos sectores. Sin su coraje, al declarar, al recordar lo irreproducible, todo hubiese sido imposible.

Los juicios DDHH son espacios vitales, simbólica, política y legalmente, pero la verdadera Justicia necesita de una cultura de la memoria y de un ejercicio político de la misma. Necesita de la crítica y autocrítica constante, que construya y reconstruya ese pasado. Esa lucha se da en la sociedad, con la sociedad y todos sus sectores. Los juicios son sólo un espacio más, muy relevante sin duda, pero imposible de acotar los horizontes de la memoria y de la verdad. La Justicia siempre estará más allá, por fuera, del poder judicial, aunque tenga su "momento judicial". El Nunca Más es una -de las tan mentadas- batallas culturales, un proceso de autoreflexión colectiva, de la sociedad consigo misma.

El único guardián. Como dijimos "Ante la ley hay un guardián..." Ese guardián no es el poder judicial, no son los jueces, no fue la Cámara que llevó adelante el Juicio a las Juntas, no fueron los Fiscales en sus alegatos, no fueron todos los tribunales que ayudaron a que finalmente la Corte Suprema (que antes había convalidado la impunidad) declarara la inconstitucionalidad de las leyes de punto final y obediencia debida y después los indultos, ese guardián es el pueblo, es la sociedad. Fue el movimiento de derechos humanos complejo, diverso y transversal. Siempre lo fue. Único guardián de la memoria, de la verdad y de la justicia.-

Lucas Arrimada es Profesor de Derecho Constitucional y Filosofía del Derecho (UBA).

lunes, 18 de febrero de 2013

Ronald Dworkin II: Debates / Derecho y Literatura / Premio Holberg y Waldron


La semana pasada ordené (acá o más abajo) las últimas conferencias del gran Ronald Dworkin. Durante el fin de semana, hablando con varios amigxs, incluso con algun/a de sus ex-alumnxs en New York, discutíamos sus ideas -en este post acá de Gustavo Arballo pueden ver un buen resumen-, su gran pérdida y recordé especialmente estas dos grandes intervenciones de Dworkin.

La primera, de 2009, fue en la inauguración de un ciclo de Conferencias en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Sin duda una de las mejores y más importantes bibliotecas del mundo, en donde presentó sus ideas sobre Interpretación y Objetivismo, muy en línea de su artículo clásico "Objetivity and Truth: You'd better believe it" (en español sería "Objetivismo y Verdad: Mejor..." en una traducción ad-hoc), que pueden bajar acá en inglés.

Lamentablemente, ambas conferencias aunque en muy buena calidad y muy llevaderas están sin subtítulos. Ya saben: No pain, no gain. 




Otros videos interesantes: Por un lado si van por acá acceden al video institucional de la New York Law School en la que Dwokin presenta su último libro en un video muy breve, coloquial, y donde se lo ve muy alegre y simpático, comentando el título del libro. En este otro link, acá pueden ver su discurso de aceptación del prestigioso premio Holberg en Bergen, Noruega.

Premio Holberg: Simposium sobre Dworkin especialmente organizado por el Holberg Prize. Presentado por su gran amigo y compañero del ya legendario Coloquio (NYU), Thomas Nagel (acá bio), Dworkin es discutido, en lo que era un clásico entre mentor y alumno, un debate/debatidor recurrente -alguien que siguió sus pasos en NYU y en el mismo Oxford- el muy recomendable Jeremy Waldron, acá su bio.




Hace mucho, mucho tiempo hubo un debate entre Iusnaturalismo y Positivismo en la Filosofía de Derecho. Ese debate fue representado en el mundo anglosajón, entre otros textos clásicos, por ya clásicos libros de Hart y Dworkin. Se podría decir que uno de los debates más interesantes de la década pasada, la del 2000, fue entre las ideas de Dworkin y las ideas de Waldron.

Después del debate Schmitt vs. Kelsen, después del debate Rawls vs. Nozick, Rawls vs. Cohen (si quieren), entre Habermas vs. Luhmann, Habermas vs. Foucault (etc), cabe mencionar que Dworkin intervino en al menos tres (o más) debates centrales de la Filosofía del Derecho que recuerdo y tengo presente como centrales, importantes, que me gustaron (la categoría se puso imprecisas, sí):

1. Empiezo por el clásico Debate Hart y Dworkin.
2. Su debate con Bork y Scalia contra el originalismo.
3. El Debate sobre Libertad de Expresión y Pornografía con Cathaerine MacKinnon -e indirectamente con el feminismo, y eso incluye a Andre Dworkin-.
4. Quizás sea importante mencionar los debates con la Escuela del Análisis Económico del Derecho, esto es, el debate con Richard Posner. 
5. El Debate sobre con Habermas me resultó muy formal aunque haya sido un choque de titanes.
6. Debate con Stanley Fish sobre la famosísima novela encadenada.
7. Sus debates muy indirectos y con citas de nota a pie con la escuela de Critical Legal Studies, especialmente con Duncan Kennedy. 
8. Finalmente, el debate entre Dworkin y Waldron que pueden ver bien representado en estos videos.

Eran más de tres, efectivamente.  Hablemos del flagelo de escribir los post de corrido. Volveremos y  seremos millones editando ;-D.


Esa es la lista tentativa de debates que recuerdo en este preciso momento. Si hay más, más tarde editaré. Sigamos y salud!

Nexos

Nexos